martes, abril 25, 2006

Del vaso a la cama

A veces vale recordar esas vivencias en las que la plenitud máxima está presente y no recordamos nunca nada de ellas. Supongo porque es imposible hacerlo, y ahí está la pureza de la vivencia. Es como la vida misma que un día se nos roba para nunca volver a recordarla, algo parecido pero a pequeña escala dentro de ella.

Hablo, por ejemplo, del estado ebrio, del estado ebrio en su máximo esplendor, del estado 'borracho', un estado alegre, divertido e inolvidable, y a la vez, triste, confuso e imposible de memorizar.


En él, el tiempo pasa diferente y se mueve de forma diferente, se habla y se discute de forma diferente, se canta se baila se ríe de forma diferente, mientras la noche se hace cada vez más densa.

Hasta por fín llegar al punto álgido, aquel que nunca sabes cuando llega ni cuando marcha, aquel donde tu cuerpo y alma dan un tumbo para escojer entre dos caminos, el cielo o el suelo, aunque en ambos, la Luna estará presente. Llegado a la cumbre dónde ni el tiempo ni la noche tienen sentido alguno, ni tampoco la humanidad, ni siquiera tú.

En ese estado que navegas por tus sabanas, mientras en tu cabeza el ruido de ese tiempo pasado en la cada vez más densa noche suena sin cesar. Un estado de placer o de agonía, o de los dos a la vez. Mientras ahí fuera la oscuridad va dejando paso a la claridad, empieza otra parte del camino a recorrer, un sendero lleno de desiertos, visiones y recuerdos. Donde el humo y los grados se juntan para que al llegar al final del camino te recuerde la gran vivencia vivida y la pureza adquirida.

lunes, abril 17, 2006

La procesión

Me rebajé el wiskie con agua y me rebajé a llamarla. Otra llamada más y un mensaje emotivo-lastimero-orgulloso. Pensé mucho en ese mensaje. Ya que ellas tienen la capacidad de destrozarnos sin decirnos nada, sin llamarnos, olvidándonos, matándonos. Intenté resucitarme con aquel certero mensaje.

Pero tampoco me contestó; creo que yo ya estaba más que podrido para ella. Y me la imaginé riéndose mientras las botellas de cristal que lanzaba, se destrozaban en mi inútil cuerpo y los gusanos se resguardaban en mi cráneo y se acurrucaban en las costillas.

Allí, desplomado sobre el sofá y escondido tras humo y wiskie, empecé a rememorar, a aquellas de las que todavía me quedaba algún recuerdo, aunque casi siempre borroso.

También a aquellas que nunca me miraron a los ojos, aquellas que nunca han cruzado palabra conmigo. A las que no me dieron, no me dan, ni me darán ninguna oportunidad; pues no me merezco nada de ellas.

Sólo grabar su silueta y apoderarme de sus detalles para hacerlos mis fetiches. Y después de cuatro o cinco cervezas, pelarmela en el baño del bar. Cerrando los ojos fuertemente, casi violentamente para forzarme a que aparezca mi pajera hada.


Al final, he podido transformar a estas chicas en mis haditas de blancos vestidos, caras preciosas, ojos cristalinos o profundamente oscuros, labios carnosos o de finísima carne, tetas de girasoles.

Les hago fotos desde mi pequeña ventana, normalmente la composición en la que me baso, está compuesta por un total de cuatro o cinco chicas. De cada una de ellas elijo aquello que más me gusta, que más me atrae.

Luego en la noche, cuándo la ciudad parece dormida, coloco el fresco y tierno barro sobre el torno, las fotos de mis musas esparcidas en el suelo, cómo puestas de casualidad, pero siempre organizadas causalmente.

Alcohol, cigarros, drogas, me acompañan durante la jornada que acaba cuándo visto a mi nueva hadita de arcilla en un precioso vestido blanco. Es entonces cuándo los rayos del nuevo Sol escupen sobre la figurita de barro y su vestido.

Yo, cansando, borracho y enfangado me retiro a mi catre esperando que a la vuelta de cualquier truculento sueño ella esté firme y dura esperándome.

A la tarde, cuándo milagrosamente mis ojos se entreabren un puto día más, acudo a ver a mi hadita y allí; dorada y acariciada por los rayos de Sol me mira, me sonríe, empieza a amarme, vuelvo a enamorarme.

Recojo cualquier botella y empiezo a beber en tanto que preparo el decorado, mientras espero a que la ciudad vuelva a dormirse.

Cuelgo las causales fotos, que ahora están manchadas por el barro creador, en las paredes del pequeño salón. Las fotos son obras de arte. Y en este salón admiramos las obras de Hombre_Ratón; las anónimas modelos posaron una tarde para el consagrado voyeur.


Sitúo a mi hadita de arcilla con su vestidito blanco en la mesa auxiliar, me desvisto y rocío de wiskie mi asqueroso cuerpo.
Y mientras las luces de la ciudad empiezan a encenderse otra noche más; yo comienzo a besar a mi estatua, la lamo, la acaricio. Luego ella recorre mi cuerpo pringado de wiskie, la despojo de su vestido blanco y hacemos el amor lentamente durante toda la noche. El baile del sexo acaba con una corrida de mi amarillento, casi marrón, semen sobre mi fornicada estatua.


En esta época del año, los cristianos pasean sus santas tallas aguantadas por más maderas y revestidas de algún mantón brillante por las calles; Cómo acto de fe o alguna mierda parecida.

Yo tengo muchas mierdas parecidas, pero mi fe está en mis haditas.

Las reuní a todas, llevaba casi dos meses haciendo estas obras de barro, las pegué en la mesita auxiliar del salón. De mi pequeña ventana estropeé las dos flores que sobrevivían heroicamente a mi descuido. Deposité las flores y hojas alrededor de las figuras y tapé la mesita con una sabana blanca, inmaculada, como los vestiditos de mis hadas.

Llegué hasta la calle; allí en medio de la carretera destapé la mesita y las hadas aparecieron detrás incluso de las corridas resecas.

Me coloqué la mesita sobre la cabeza y me eché a andar litúrgicamente por las calles de Ciudad_Trapo.

El tráfico y las personas asustadas por mi gran éxtasis se paraba, se giraban; incluso algún viandante se arrodillaba y me seguía a las espaldas, en sumo silencio, en una gran reflexión, compungidos por la grandiosidad del momento que estaban viviendo, alegres por la celebración que estábamos llevando a cabo.

El Sol salió una nueva mañana más en la ciudad y todos los rayos se dispararon sobre la mesita auxiliar y las haditas. Con la naranja luz estaban más bellas que nunca, tan bellas que los cientos de fieles que seguían la procesión empezaron a aplaudir, a vitorearlas, a llorar. Yo seguía debajo de la mesa extasiado, maravillado por el efecto que ellas estaban produciendo.

Acabamos todos en alguna de las colinas que rodean la ciudad, el Sol del mediodía empujaba hacía el sacrificio. Deposité el altar en la fresca hierba, encendí un cigarro mientras los fieles se acercaban a observarlas, a orarles, le hacían preguntas, me hacían preguntas, observé a los enfermos luchar contra la pendiente de la colina hasta acercarse a las figuras.

Me senté a la sombra de un árbol; los fanáticos se amontaron sobre las hadas, llorando, arrodillados, chillando, implorando, cantándoles.


Jamás quise eso para mis hadas; me levanté y me fui. Ellos parecían tan felices…

sábado, abril 15, 2006

Cambio de especie

Si alguien me pudiera conceder un deseo ese seria acabar con la humanidad.

No hablo de Apocalipsis ni de muerte y más muerte. La vida no tiene la culpa de ser otorgada a aquellos que no la valoran, aquellos que la aprovechan para acabar con la ajena.

Nosotros.

Yo propongo cambios de especie. Para empezar, sin dudarlo, me convertiría en un perro.

Me gusta la idea, se adapta a mí.

Imagíname. Tirado en el suelo si quiero, comiendo porque me lo dan y porque quiero, saltando y ladrando también porque quiero, y si me tengo que lamer la poya también será por que quiero. Nadie juzga a un perro, todos lo consideran normal.

Si me dejaran seria un perro. Porque quiero.

Otros los encarnaría en perezosos. Personas que por no consumir no se mueven, sin inquietudes y sin ganas de avanzar. Conformistas. Letales emisarios de la apatía.

Algún personaje debiera ser convertido en gorila. Siempre gritando más que el resto y apoderando lo cercano. Invasor, celoso de lo suyo, no abatible. Poderoso en esplendor.

Llenaría el mundo de avestruces. Los que esconden la cabeza ante los problemas. Aquellos miedosos moribundos de espíritu que vagan los terrenos sin mas osadía que la de no ser apreciados. Pasan como aire, nunca paran a mostrarse.

Gatos. Sombra fugaz de la noche. Libertad y sabiduría. Siempre añoraré haber sido un gato. Ningún humano merece la comparación con un gato. No somos capaces de usar el instinto con tanta cabeza.

A muchos los imagino convertidos en hormigas. Siempre trabajadores, no se acuerdan de sus días, todos son iguales. Viven para aquello a lo que se dedican y no dan siquiera una esperanza de variar sus pasos a seguir.

Escorpiones, siempre con su arma letal preparada para defenderse.

Lombrices, ciegos ojos de la necesidad encarnada en aquellos que habitan lo más profundo de la sociedad y solo reclaman por lo más básico.

Tarántulas, señoras de lo respetado. Damas con caché y formas, con recelos de poder. Agresivas.

Moscas, siempre revoloteando la mierda, la oportunidad. Locas mentes codiciosas de grandeza. Fin y al cabo, en esta vida se debe compartir. No os doy cabida.

Focas, tiburones, muchos murciélagos, búhos drogados, pulpos de brazos abiertos, buitres de cara mezquina, ostras escondiendo sus perlas, mantis religiosas aniquilando sus propias parejas.

Cada persona llevamos a un animal dentro, ojala pudiéramos llegar a serlo. Seríamos felices, a cada uno nos marcaría nuestras propias inquietudes y no nos veríamos ligados en un proceso social que proclama la autodestrucción.

Acabaría con la humanidad sin acabar con la vida. No somos más que reflejos de distintas especies, y el mundo no merece plaga tal como la que somos.

Decidido, a partir de ahora soy un perro.